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Alimentación del niño de 1 a 3 años | Guía de Trabajo y Alimentación | CONSUMER EROSKI
Cómo alimentarnos según nuestra edad y tipo de trabajo
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Introducción
Características Fisiológicas
Pautas para alimentarse bien
Es un error...
Un buen MENÚ con su receta
Niños de 1 a 3 años
LECTURA RECOMENDADA
CUÁLES SON LAS DIFICULTADES MÁS COMUNES EN RELACION CON LA ALIMENTACION

El niño, pasado el primer año de vida y en cierto modo el segundo, comienza a entrar en contacto con la sociedad en diversos aspectos y especialmente en el alimentario. En primer lugar, se producen influencias evidentes por parte de otros componentes de la familia, familias de amigos y sus propios amigos, que ofrecen alimentos al niño, en muchas ocasiones lejos de los patrones alimenticios recomendados, tales como dulces, helados y golosinas diversas, que pueden afectar significativamente al comportamiento alimentario. En segundo lugar, el comedor de la guardería constituye otro elemento incidente en la alimentación del niño, al constituir una parte importante de la dieta diaria que se repite cinco días a la semana, durante muchas semanas al año.
Muchas dificultades relacionadas con el consumo de alimentos provienen de unas inadecuadas costumbres adquiridas en los primeros meses de vida. Para los niños de estas edades, la familia es la principal influencia en el desarrollo de los hábitos alimentarios. Los padres y los hermanos de mayor edad son modelos importantes para los pequeños en su aprendizaje e imitación.
La atmósfera en torno al alimento y la hora de la comida también es un factor importante que contribuye a las actitudes hacia los alimentos y las comidas. Si el adulto tiene altas expectativas respecto al comportamiento del niño a la hora de comer, y lo amenaza con reprimendas, esto hará que el niño sienta temor a la hora de comer. Las discusiones y otras tensiones emocionales también ejercen un efecto negativo. Las comidas que se consumen con prisa, crean una atmósfera de agitación y refuerzan la tendencia a comer con demasiada rapidez. Un ambiente positivo implica dedicar tiempo suficiente a las comidas, tolerar derrames ocasionales y fomentar la conversación que incluye a todos los miembros de la familia, por pequeños que sean algunos de ellos.
Las necesidades energéticas de los niños pueden variar mucho y es aconsejable respetar, en la medida de lo posible, la sensación de saciedad o de hambre expresada por los propios niños. Es una equivocación querer estandarizar la alimentación en función de la edad, y obligar a todos los niños a tomar la misma cantidad y al mismo tiempo; e igualmente es un error frecuente intentar que los niños terminen los platos cuando se han servido raciones parecidas a las de los adultos. Una ración puede no ser suficiente para unos y en cambio ser excesiva para otros. Unos comen poco cada vez y tienen hambre cada dos horas; otros son capaces de deglutir cantidades mayores y esperar plácidamente hasta la siguiente toma.
Si se fuerza al niño a aceptar la ración y el ritmo que teóricamente le conviene, se crean conflictos inevitablemente.
INAPETENCIA HACIA LOS ALIMENTOS
La inapetencia infantil es uno de los motivos de mayor preocupación de padres y madres. En la mayoría de los casos no es sinónimo de enfermedad y la situación revierte fácilmente.
Aproximadamente el 10-25 % de los niños entre dos y cinco años son llevados a la consulta de pediatría con la queja de que el niño no come nada, y cuando lo hace lo es con desgana y protestas, y además parece que no crece lo suficiente.
Una historia clínica y dietética detallada y una exploración física completa permiten descartar enfermedades agudas o crónicas. En ese caso, la familia debe ser tranquilizada e informada respecto al normal crecimiento y desarrollo del niño a esta edad.
La mayor parte de los niños que rechazan comer tienen un apetito apropiado para su edad y su ritmo de crecimiento. A pesar de que la ingesta de alimentos varía de un día a otro y puede parecer que ellos no comen durante largos periodos de tiempo, su crecimiento y desarrollo es normal.
Muy frecuentemente, la razón por la cual los padres fuerzan a comer a sus hijos es porque ellos desconocen o no entienden la disminución fisiológica del apetito que se da después del primer año de edad. Durante estas edades, la mayor parte de los niños ganan entre 2-3 kilos por año. Este ritmo de crecimiento es solo el 20-30 % del que tienen durante su primer año de vida. Como consecuencia, a esta edad los niños tienen menores requerimientos nutritivos y menor apetito totalmente fisiológico.
Los niños están más interesados por el mundo que los rodea que por los alimentos. Forzándoles a comer un determinado alimento podemos conseguir que los rehuse todos, y puede quedar condicionado a rechazar la comida, ya que para él, el acto de comer se convierte en algo incómodo y poco placentero.
El rechazo a la alimentación también puede ser el resultado de una técnica de alimentación inapropiada: castigos, súplicas y sobornos.
Para los niños pequeños la familia es el modelo ideal para el desarrollo de las preferencias y de los hábitos alimentarios. Si un miembro de la familia rechaza comer un determinado alimento, el niño imita su comportamiento.
Es necesario diferenciar la inapetencia reciente de la habitual. La inapetencia reciente es la que aparece cuando el niño s ufre una enfermedad aguda, y lo más probable es que ésta desaparezca cuando resuelve la enfermedad. La inapetencia habitual es la que se prolonga en el tiempo y puede ser falsa o verdadera.
La falsa inapetencia, debemos sospecharla cuando el niño come muchas golosinas, toma zumos todo el día, toma abundante cantidad de leche, come a deshora, come dulces antes de las comidas y no acepta determinados alimentos, por ejemplo verduras. En cambio la verdadera inapetencia es aquella que frecuentemente se presenta en un niño con un peso por debajo del normal para su edad, sin energías o desganado. Esta situación, suele ser generalmente sinónimo de enfermedad, y el médico es el encargado de realizar el diagnóstico y comenzar el tratamiento lo antes posible para que el niño pueda reiniciar una alimentación adecuada y recuperar su peso.
Cómo manejar a un niño con “falsa inapetencia”:
• Controlar qué come a deshora: reducir el consumo de golosinas y controlar la ingesta de zumos o leche.
• Cumplir con las cuatro comidas principales diarias (desayuno, comida, cena y almuerzo o merienda)
• La atmósfera a la hora de comer así como el comportamiento de cada uno de los miembros de la familia en la mesa puede estimular al niño a imitarlos y de esta manera a comer de forma correcta. Se debe evitar compaginar la comida con otras actividades (TV, radio, juegos…)
• Permanecer en la mesa durante el tiempo que dure la comida.
• Comer el menú según el orden de su presentación.
• Tener en cuenta las preferencias del niño y cuidar la presentación de los platos. Un plato decorado con gusto, raciones individuales, platos sorpresa, explicar un cuento, excitan más el apetito que la monotonía de una comida que se repite cada semana.
• Probar con alimentos nuevos a pequeñas dosis, negociar una cantidad mínima, y aunque algunos sean rechazados, no ceder a los caprichos.
• Debido a su menor capacidad y a su apetito variable, responden mejor a porciones pequeñas de alimentos ofrecidas varias veces al día.
• Cuando el niño adopta una conducta inadecuada a la hora de comer, no se deberá manifestar con gritos, enfado o castigos. Se retira el plato una vez finalizado el tiempo acordado y se le presenta en la próxima comida. No tiene sentido "chantajear", "comprar" o "castigar" al niño para conseguir que coma. Los niños que comen menos en una comida lo suelen compensar comiendo más en la siguiente.
• Los niños pueden estar cansados o excitados como consecuencia de los juegos y por lo tanto no tener sensación de hambre ni deseos de comer.
Cuando la falta de apetito es consecuencia de una enfermedad, la inapetencia aparece de forma brusca y se relaciona con todo tipo de alimentos, no siendo un rechazo selectivo o concreto de un alimento determinado de la dieta.
En este caso, se pueden seguir las siguientes pautas dietéticas.
• Fraccionar las comidas en varias tomas de menor volumen.
• Ofrecer líquidos entre horas, no durante las principales comidas para no disminuir el apetito del niño.
• Enriquecer los platos para que estos sean más nutritivos: añadiendo leche en polvo al vaso de leche, quesitos o clara de huevo en el puré, galletas en el batido de frutas…
En la mayoría de los casos, el rechazo a alimentos concretos suele ser transitorio y con los años, los más pequeños vuelven a introducirlos en la dieta diaria.

NEGATIVISMO
El negativismo se define como el rechazo persistente de determinados alimentos o comidas. Suelen ser niños dominantes, consentidos, con sobreprotección y que pueden trasladar estas conductas a otros ámbitos de su vida social. La permisividad de la familia por diferentes motivos (diferencias de opinión entre los padres, prisas, presencia de visitas…) hace que el niño satisfaga siempre sus deseos.
Algunas pautas a seguir:
• Dar a probar variedad de alimentos y sabores de forma distendida, no con imposiciones fuertes.
• No perder los nervios, no gritar ni amenazar.
• Negociar la cantidad mínima de cada plato a comer y que el niño o niña se sirva. Favorece la autonomía, independencia y responsabilidad en su elección. Se le puede exigir que pruebe al menos una parte simbólica antes de negarse a comer, pero si el padre o la madre rechaza uno y otro plato, ¿cómo se puede exigir al niño que se lo coma todo?
• No sustituir un alimento rechazado por otro de mayor agrado. Este es el primer paso para el inicio del negativismo.
• Si rechaza el primer plato por el segundo, condicionar la toma del segundo a una mínima cantidad del primero.
• La comida no debe durar más de 30 minutos. Las comidas familiares que se eternizan son un verdadero suplicio para los pequeños. Si el niño come poco a poco, utilizar un plato que mantenga el alimento caliente. Al cabo de 10 minutos, si sigue igual, retirar el plato tal y como esté y reemplazarlo por el siguiente sin comentarios ni dramas. Pero si el niño exige comer 10 minutos después de la comida, no debe dársele nada hasta la merienda, sin enfadarse pero firmemente; no es ningún drama que el niño pase hambre 1 ó 2 horas. Es incluso deseable que sepa lo que es la sensación de hambre.
Si sus padres tienen suficiente constancia, el niño comprende muy pronto que debe comer a la hora de las comidas, y sólo a esa hora.
• No se deben emplear nunca los alimentos como premio o castigo, ya que esto puede conducir a conductas alimentarias negativas; caprichos, rechazo o aversión por ciertos alimentos.
COMPORTAMIENTO INADECUADO EN LA MESA
Existen unas normas relativas a los hábitos higiénicos y de comportamiento adecuado de aceptación general que se tratará de inculcar a los niños y niñas desde pequeños.
Higiene
Antes de manipular cualquier alimento el niño o niña ha de manifestar la necesidad de lavarse correctamente las manos. Lo mismo ocurre con la higiene bucal a tener en cuenta una vez finalizada cada comida.
Posturas
Enseñar al niño o niña a comer sentado y permanecer en la mesa hasta que finalice el acto de la comida. Mantener la espalda erguida y procurar que no extienda los codos para evitar que ocupe demasiado espacio y moleste a la persona que se sienta a su lado en la mesa, ya sea en casa o en el comedor de guardería.
Tiempo
Los niños y niñas muy pequeños carecen del sentido del tiempo y tienden a comer a cualquier hora, por lo que es preciso fijar unos horarios y tratar de respetarlos con el máximo rigor.
Uso de utensilios
Parte importante en el aprendizaje y desarrollo de habilidades como la autonomía, coordinación y control de movimientos es la utilización de los utensilios.
El niño de un año de edad usa principalmente los dedos para comer y puede requerir de ayuda al utilizar una taza. Hacia los dos años de edad, puede sostener la taza con una mano y también utilizar la cuchara, pero todavía prefiere en ocasiones utilizar las manos. Hacia los tres años ya se puede hacer general el uso de cuchara y tenedor. Sin embargo, habrá que ayudar en la utilización del cuchillo hasta los 6 ó 7 años, dependiendo de la habilidad del niño o niña y de la calidad del cuchillo.
Los tazones, los platos y las tazas deberán ser irrompibles y lo suficientemente sólidas para que no se vuelquen. En los niños muy pequeños, a menudo es mejor un tazón cóncavo que un plato plano, para facilitar la utilización de la cuchara. Las cucharas gruesas o de mango corto y los tenedores permiten una sujeción más fácil y descansada.

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